Durante décadas, la industria de servicios tecnológicos se estructuró sobre una ecuación relativamente simple basada en sumar más proyectos, más código, más horas facturadas. Este modelo fue funcional a un contexto de expansión sostenida, pero que hoy toma otra forma. La inteligencia artificial cambió las reglas: redefine el valor, desplaza las fronteras de lo que es posible programar y obliga a repensar de raíz cómo se crea riqueza en la industria IT.
Según datos recientes de McKinsey, el 88% de las organizaciones ya utiliza inteligencia artificial en forma experimental en al menos una función de negocio y el 62% implementa IA generativa de forma regular. No estamos ante una promesa futura, sino frente a una transformación estructural en curso. La tecnología es hoy más que nunca una infraestructura estratégica para cualquier empresa.
El doble movimiento de las fronteras
La industria enfrenta hoy un fenómeno simultáneo: una frontera se achica mientras la otra se expande.
Por un lado, las nuevas tecnologías estandarizan lo que antes era diferencial. Desarrollos que algunos años atrás implicaban proyectos complejos y a medida hoy se resuelven con plataformas listas para usar. La inteligencia artificial acelera este proceso de comoditización: tareas que antes requerían meses de trabajo intenso, hoy se automatizan en semanas o días. El valor diferencial que aportaba la tecnología en estas tareas se achica radicalmente. Es una frontera que se corre.
Pero, al mismo tiempo, la IA permite resolver desafíos que antes eran técnica o económicamente inviables. Modelos predictivos avanzados, automatización cognitiva, sistemas autónomos de toma de decisiones. El trabajo no desaparece, se traslada hacia niveles superiores de sofisticación, donde la arquitectura, la estrategia y la integración de datos se vuelven centrales. Una frontera que se expande.
Entonces, en esa frontera está mi hijo, que no estudió Sistemas y está usando ChatGPT para programar visualmente un chatbot capaz de atender los pedidos que recibe por Instagram en su emprendimiento. No puedo evitar compararlo con el primer proyecto de chatbot que hicimos en Baufest para un banco de primera línea, un proyecto complejo que en su momento nos llevó varios meses.
Y podemos poner un ejemplo de cómo se corre esa frontera con la industria pesquera: empresas del sector están incorporando inteligencia artificial para analizar en tiempo real variables como temperatura del agua, corrientes marinas y comportamiento de los cardúmenes, lo que permite optimizar las rutas de navegación y definir con mayor precisión el momento y la zona de pesca. Esto se traduce en menos viajes improductivos, menor consumo de combustible, un aumento significativo de la productividad y cuidado del medio ambiente. Algo que antes se podía hacer solo en forma rudimentaria.
Esta transformación ocurre en un contexto de crecimiento sostenido del mercado. Gartner proyecta que el gasto global en tecnología superará los 5,6 billones de dólares en 2025, con un fuerte impulso en software, servicios TI y centros de datos. De acuerdo a sus estimaciones, el porcentaje de productos impulsados por agentes alcanzará un tercio del mercado mundial en 2028, una cifra muy superior al menos del 1% registrado en 2024.
De proveedores a socios estratégicos
En este nuevo escenario, ahora más que nunca las empresas buscan socios capaces de entender su negocio y de construir soluciones con impacto real. La lógica del “tiempo y materiales” cede terreno frente a modelos basados en desempeño, resultados y valor generado.
Esta evolución también queda reflejada en los contratos. Un número creciente de organizaciones adopta esquemas vinculados a métricas de impacto, donde el éxito se mide en productividad, eficiencia y rentabilidad mejorada. La tecnología cada vez más es una inversión estratégica directamente asociada a resultados de negocio.
La inteligencia artificial generativa permite reducir costos operativos, acelerar ciclos de innovación y ampliar la oferta de servicios basados en datos, automatización y análisis predictivo. Sin embargo, el verdadero diferencial no reside en la tecnología en sí, sino en la capacidad de integrarla de manera coherente con procesos, cultura y estrategia dentro de la empresa.
Talento: un activo cada vez más crítico
Contrario al temor extendido, la IA no elimina al talento humano, lo redefine. Las tareas repetitivas se automatizan, pero crece la demanda de perfiles capaces de diseñar, supervisar, interpretar y gobernar sistemas inteligentes.
Estamos asistiendo al fin de la era del formulario y las interfaces rígidas. La interacción con la tecnología migra hacia entornos conversacionales e intuitivos, donde las personas dialogan con los datos. Este salto no es estético, es estructural. Exige sistemas más inteligentes, con capacidades ampliadas para gestionar complejidad.
El programador profesional del futuro será un orquestador de sistemas inteligentes, operando un verdadero «exoesqueleto tecnológico» formado por agentes autónomos de IA. Manejar ese poder requiere formación continua, criterio ético y visión estratégica. La tecnología se compra; el talento que sabe gobernarla será el recurso más escaso.
Argentina y Latinoamérica: una ventana irrepetible
La región, y especialmente Argentina, enfrenta una oportunidad histórica. Otras revoluciones tecnológicas nos encontraron tarde o desarticulados. Hoy, en cambio, contamos con un ecosistema preparado: talento creativo, capacidades técnicas reconocidas globalmente y una tradición de adaptación en entornos complejos.
La economía del conocimiento puede convertirse en uno de los principales motores de crecimiento si logramos alinear educación, infraestructura digital, incentivos a la innovación y políticas públicas sanas y de largo plazo. La IA requiere estrategia, no improvisación. Quienes actúen con visión podrán capturar valor en cadenas globales de alto impacto.
El futuro de los servicios IT ya no se define sólo por eficiencia, sino por la capacidad de amplificar la inteligencia colectiva. Las organizaciones que integren IA, cultura y propósito serán las que lideren. Argentina tiene una decisión que tomar: resignarse a ser consumidora de tecnología o consolidarse como generadora de soluciones estratégicas para el mundo. La inteligencia artificial no es una moda, es la nueva infraestructura del conocimiento. Aprovecharla es una responsabilidad histórica.
Por Ángel Pérez Puletti, CEO de Baufest.


